miércoles, 22 de octubre de 2014

El reto de los 10 libros

(Agradezco a Olivia Sgarbura y a Carmen Rodríguez Nozal por invitarme al reto, y les pido disculpas por mi retraso, pero este asunto es un tema vital para un escritor… al menos para el que esto escribe.)
Los libros que nos forjaron, nos mueven, nos son necesarios construyen un edificio como la Casa del Cambio de La historia interminable (el más reciente de mi lista): un hogar que muta y mueve sus ladrillos en tanto crecemos y nos hacemos distintos, y nos mueven a ser otros, tentativamente mejores. Esos ladrillos son títulos que emergen a la fachada según la vida nos los hace necesarios en este momento o en el siguiente, o descienden a los cimientos donde permanecen invisibles pero siempre ahí, apuntalando. Habitamos a los libros como quien vive dentro de una parvada, y es el viento en contra quien define qué va a la vanguardia, quién a la zaga, quién calla, quién nos alienta, detrás de qué libro nos escudamos para sobrevivir.
Y tras hacer esa obvia salvedad: esta es la lista de los 10 libros que creo imprescindibles para mí hoy. Al fondo aguardan otros en espera de otras tempestades.
El orden es el mismo en que me llegaron a la memoria.
1. En el camino
Jack Kerouac
“En el camino habría chicas, visiones, de todo… Sí, en alguna parte del camino alguien me entregaría la perla”.
En palabras de Barry Gifford: no es una obra maestra, sino “un libro que mueve a la gente”. Lo leí por primera vez a trozos en la Biblioteca de México hasta que alguien, adelantándose a mis intenciones, se lo robó. Junté moneda sobre moneda de mi sueldo de cajero para el volumen de Anagrama como si se tratase de un boleto a un viaje sin retorno. Y lo fue.
2. Palinuro de México
Fernando del Paso
Una carta de amor de más de 700 página al lenguaje, a la Ciudad de México, a la familia mexicana… e incluye una de las obras maestras del cuento mexicano: “Una bala muy cerca del corazón y otras consideraciones sobre el incesto” sobre el destino de Ambroce Bierce en Mexico a manos de Pancho Villa. O uno de sus muchos y tristes destinos.
3. Matadero Cinco
Kurt Vonnegut
Los cinco bacos (bastardos de cuatro ojos) que cantan en el presente y le ponen voz a los soldaditos que en el pasado emergen del Matadero 5 para contemplar el páramo lunar en que se ha convertido su Dresde tras el bombardeo de los aliadps es una de las grandes escenas de la ciencia ficción que cuenta.
Todos somos Kilgore Trout.
4. The Sandman
Con guión de Neil Gaiman y dibujos de Sam Kieth, Mike Dringenberg y Michael Zulli entre otros.
“—Quiero preguntarte algo. Cuando sueño sé cómo volar: sólo pones un pie en el aire y luego el otro, y mueves los brazos, y ya está. Pero por la mañana ya no sé cómo hacerlo.
—Cuando sueñas a veces recuerdas; cuando despiertas siempre olvidas.
—Pero eso no es justo
—No, no lo es”.
5. El hombre ilustrado
Ray Bradbury
6. La Cruzada de los niños
Marcel Schwob
Este año escribí un cuento sólo para que Estauce pudiera ver el rostro de Allyz. Cuando se lo leí a Gabriela rompí en llanto porque el mar nunca nos devolverá los huesos de los pequeños que ciegos buscaron devolvernos la Ciudad Santa, y con ella la inocencia.
7. El libro del Día del Juicio Final
Connie Willies
Una viajera en el tiempo que, por error, cae en plena época de la Peste Negra… El punto de partida de una novela con engorroso falso suspenso y paja por doquier. Sin embargo, sus últimas cien páginas se leen con el nudo en la garganta que nos ocasiona la verdadera, la luminosa esencia de la esperanza.
8. La Divina Comedia
Dante Alighieri
Fue el primer libro que me hicieron leer en la primaria, el primero que me compraron mis padres con enormes esfuerzos y la primera vez que me enfrenté a la doble caja de “Sepan Cuántos”. El toro de Falaris, la torre de Hugolino, el páramo de hielo donde yace enterrado Lucifer… El Purgatorio y el Paraíso eran tan aburridos que regresé, una y otra vez, a esa caverna en donde los que entran deben abandonar toda esperanza. Y donde Dante, nos cuenta Borges, halló la respuesta en la el Círculo de los Amantes.
9. Los perros de la peste
Richard Adams
La novela más deprimente que he leído en mi vida, pero también (en un sentido estricto) de las que más me ha enseñado sobre el oficio de la escritura. Es decir: ¿Cómo se escribe una gran historia a partir de la fuga de dos perros de un centro de experimentación animal? El conejo que encerrado en la cámara de deprivación sensorial sólo les pide que lo dejen morir, el sacrificio del zorro, el monje que renuncia a su comida para alimentar a los fugitivos “la única persona que les prestó alguna ayuda”, y el último y deseperado nado hacia la inexistente Isla de los Pájaros....
10. La Historia Interminable
Michael Ende
Si a partir del visionado de la infame película de los ochenta creen que esta es una novela para niños que vende muy bien, están equivocados. Si desprecian este libro por esta razón, probablemente ustedes y yo no tengamos motivos para encontrarnos. Si han descubierto (como yo, gracias a Gabriela Damián) que este libro es un tatuaje a dos tintas (verde y roja) sobre la faz de la escritura, y que su sentido define la responsabilidad de leer, de imaginar y de crear, de buscarse a sí mismo en el camino de la fábula y sobre el valor de la fantasía para elegir, entonces no estamos solos.
Bienvenido quien quiera hacer su propia Casa del Cambio.

viernes, 19 de septiembre de 2014

19 de septiembre





"El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio”.


Las ciudades invisibles,
Italo Calvino

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El laberinto de los pájaros (cuarta versión)


Te lo digo flotando en las aguas tornasoladas del Gran Canal de Chalco:
Dicen que antes de Zeus y de Dios, los pájaros crearon el cielo volando.
Y quizá tu carne es su trino; y te lo digo mientras dormimos amontonados
En la última pesera que sale de Indios Verdes:
Tu corazón es un nido vacío que ha de llenarse de trinos y flores.
Pero sabes que miento.
¿Quién ha sembrado esta semilla en el mundo? ¿Quién se nutre de ella?
¿Quién nos arranca la luz con este follaje de humo?
Mi padre apretujado en su nicho del cementerio municipal de San Cristóbal
me lo dice al oído: Ahí en esa milpa entre los edificios de la Unidad Habitacional
De Tulpetec se posan cinco garzas blancas. ¿De quién nos guardan?
Allá bajo el puente que lleva a la Central de Abastos, en un islote de ladrillos
un burro y un gallo inmóviles sostienen la mirada a cada coche
mientras entre las pezuñas
les resuman aguas negras. Y todos los perros famélicos que mueren
bajo las ruedas en la López Portillo: ¿Qué fuego nos traían?
“Si supieras cuánto mar”, dicen los gatos envenenados en los basureros de Tultepec,
Las gaviotas que sobrevuelan la efigie gigante de la Santa Muerte de la Gustavo Baz
gritan en el mismo lenguaje de la espuma que anuncia la tierra a los náufragos.
Y sólo nos resta una isla de espuma en el Estado de México.
El gallo que convoca
a la madrugada cuando nos levantamos a las cinco para llegar a los
Ocho y diez (no después): ¿A quién llama?
¿Qué pájaro terrible ha volado sobre el Estado de México,
qué ángel nos ha cerrado los ojos?
Te lo digo mientras me navajeas por diez pesos:
Esta es la flor de mi sangre, estos son los únicos
pétalos derramados sobre el Estado de México.


jueves, 20 de febrero de 2014

El laberinto de los pájaros (segunda versión)



Estaba el Hombre Elefante tomando un té cuando
Jack el destripador acomodó sus cuchillos sobre la mesa del Sanborns:
“¿Sabías que los pájaros ya existían antes de la Creación?
Volaban en el cielo desierto.”
Y el asesino soltó una carcajada como si tuviese un cuchillo reservado
Para cada uno de los pájaros.
Joseph Merrick no responde o responde la parte que de
él es elefante, y que habla el lenguaje de los gorriones hechos de pergamino.
“Vengo de Ciudad Juárez”, sigue Jack, y recuerda la arena que cubre los cuerpos,
las niñas sin un seno cuyos ojos de cristal ya no reflejan el laberinto de los pájaros.
“He estado en Oaxaca, en el Estado de México, En Guanajato…
Tantas mujeres, tantos desiertos por desatar.”
Y ríe como si tuviera un cuchillo por cada mujer: “Puedo hacer de todo este país
Un desierto de ojos de vidrio”.
Da un trago a la Corona y mira la mano de elefante del hombre elefante, la cabeza de marfil hinchado del hombre elefante, el cuerpo de niña con el seno cortado del hombre elefante, el ojo de vidrio del hombre elefante, y con la espuma en el bigote le dice:
“Si hubieras nacido en la India
No serias un fenómeno; te adorarían como a un Dios;
serías Ganesha, el que todo lo sabe, el que baila la Creación.”
El hombre Elefante no sonríe, cierra su ojo sano y recuerda a la Bestia:
El tren que vio pasar desde su casa en Tultepec;
La larga línea de cuerpos abrazados en el techo de los vagones, la piel fundida al sol
de hombres y mujeres aferrados al metal:
un animal hecho de retacería humana.
Por un momento,
a través de su ventana del Infonavit, le pareció que esa trenza de cuerpos sobre el tren
era como él. En su cama comprada a plazos en Elektra
el Hombre Elefante sueña que es todos y cada uno de nosotros
fundidos en el abrazo de la desesperación.
Soñamos aferrados al cuerpo de otro huérfano que somos uno,
el que todo lo sabe, el que baila y crea,
aunque por la mañana hemos de atragantarnos con los huesos
de las palomas y gorriones que cazamos a pedradas.
“Yo invito”, dice Jack el destripador lamiendo sus cuchillos.
“No” le responde el Hombre elefante: “Yo pago mi cuenta”.


Óscar Luviano

lunes, 13 de enero de 2014

La cocina del alma


Poco antes de que se le apareciera el fantasma de Juan del Diablo, Sebas había posteado el anuncio de su suicidio en Facebook, pero sin el complemento de la foto del nudo de la horca alrededor de su cuello: cuando buscó el teléfono para tomarla, descubrió que mientras le obligaban a beberse sus orines en los baños, Elmer y sus amigos se lo habían sacado de la mochila.
Era el segundo del año y su mamá aún no acababa de pagar el primero a cómodos plazos en Elektra. Por eso y porque la amaba, hizo como que chateaba en la compu hasta que se quedó dormida en el sillón viendo una de Jorge Negrete.
—¿No estarás hablando con una muchacha, verdad?— le preguntó, feliz, entre bostezos.
Se hizo el chiveado y la dejó sonreír. No había razón para que supiera que, como cada noche, borraba los insultos que los de su grupo le ponían en Facebook. La escuchó roncar suave, y escribió su despedida de este mundo.
Ya tenía listo un mecate. Se acarició el vientre, sopesó, y fue a cortar otro del tendedero. Había encontrado las instrucciones en Internet: el nudo debía encajar en el hueco de la nuca y lo mejor para conservar la dignidad eran el ayuno o los pañales. Le pareció de mínima justicia elegir el ayuno y hacerlo en la escuela. En los baños. Y para allá fue entre las banquetas quebradas y grasientas de Coacalco, acompañado por los ladridos de perros distantes.
No pensaba ni en su vida ni en la muerte; tan sólo en aquello de lo que por fin se iba a librar: las risotadas, la multiplicación de los apodos, el dolor. Le habían roto un brazo y ese compás casi le había perforado el pulmón. Envuelto en el feliz estruendo del alivio no escuchó la pregunta de Jim Morrison.
El fantasma la repitió en voz alta.
—Are you hungry, man?
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miércoles, 8 de enero de 2014

El laberinto de los pájaros (tercera versión)





El problema es que los malos poemas nos han robado el amor.
Nos han condenado al “eres todo para mí”, o “tus dientes de coral” o
“me gustas cuando callas”; como si el trueno fuera las ruinas de un bolero.
No quiero usar las palabras que otros hombres pudieron decirte
como no quiero mirarte del modo en que te consumen
losque te acosan por la calle. Dejaré que sean los pájaros
quienes te digan que te amo.
¿Pero qué palabra es el nido? ¿Qué palabra es el vuelo?
¿Qué palabra es la caída de la que me libras
cuando apenas y me roza tu mano?
Antes del polvo y de la herrumbre, de la rosa y del tirano
los pájaros volaban en el cielo sin mundo.
Que esos pájaros hablen por mí: los que aletean cuando mi cabeza en tu pecho,
los que quiebran su cascarón cuando escribes,
los que se parecen a ti cuando sonríes desnuda.
Creas la Creación si sonríes desnuda.
Y tengo que cerrar los ojos:
en ti late el sol de las cosas innombradas.
Acariciarte sacude como el polluelo que crea al cielo
con un graznido que se prolonga del crujido de la primer estrella
al lamento de la última campana:
Así me tiritas entre las manos.
Dejo que los hombres que no te sabrán
te deseen con sus palabras de burdel y oficina.
Yo te digo con esta boca que sólo existe si tu saliva y tu vientre: Te amo.
Y esa es mi plegaria, la que repito
ciego y mudo como el hombre que contempló
el primer resplandor del mundo
mientras arriba los pájaros construyen un laberinto invisible.

(Feliz cumpleaños, pequeñita.)



martes, 7 de enero de 2014

El laberinto de los pájaros (primera versión)


Antes del mundo, dicen los griegos (que mi
tía nunca leyó), antes que los dioses mismos,
estaban los pájaros.
Creaban al mundo con su vuelo,
perfilaban la vida con sus plumas como nieve.
Más suaves que Cronos
(quien se tragó una piedra pensando que se trataba de su hijo, Zeus, y
con ello dio existencia a continentes y titanes).
¿Era la misma piedra que le encontraron en el riñón a mi tía?
Una piedra falsa, una piedra con la música de los siglos por escamas.
Una piedra pescada por un cirujano.
Cuando salió de la clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social
En lugar de su cálculo en un frasco de Gerber
en la recepción le entregaron un bebé. Dijo que no era suyo, y el recepcionista le gritó:
“Nosotros ya cumplimos con sacártelo: ahora tú lo mantienes”,
con esa voz de quien puede amontonar nube sobre nube.
Salió a la calle con el niño en brazos y le cayó el peso del cielo encima.
¿Quién te dice que no sentía el terror de Gea
obligada a entregar sus hijos a las fauces del tiempo?
¿Quién te dice que el bebé no pesaba como la primera piedra,
nacida del primer pájaro insomne?
¿Quién te dice que de la boca del bebé no brotaba una risa nueva
que asfixiaba a mi tía como un bocado de ceniza?
Los pájaros que se negaron a soñar con el mundo
se convirtieron en piedra,
y sus cuerpos amontonados son esta isla en la que tironeas de la sábana
incapaz de ocultar la madrugada.
Mi tía vaga con su bebé robado, regresa sobre sus pasos, se aleja, regresa…
mientras los pájaros en su laberinto vuelan mudos y no responden:
¿Deberíamos robarnos al bebé?
¿Deberíamos devolverlo?
Allá nos espera el marido que nunca lava un plato, que duerme apestando a jabón de hotel,
los hijos que son una puerta cerrada,
los pasillos pegosteosos del cine que restregaremos de 9 a 9.
Aquí nos espera la fuga, el bebé con el que mataremos de hambre al tiempo.
Los pájaros no nos responden con sus lenguas de piedra
Es el chorro vaporoso de los aviones el que nos dice que hacer.
Y por el resto de la vida el bebé nos pesa en los brazos
como una tumba abierta
después de que lo hemos devuelto a la policía.


Óscar Luviano




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