jueves, 20 de febrero de 2014

El laberinto de los pájaros (segunda versión)



Estaba el Hombre Elefante tomando un té cuando
Jack el destripador acomodó sus cuchillos sobre la mesa del Sanborns:
“¿Sabías que los pájaros ya existían antes de la Creación?
Volaban en el cielo desierto.”
Y el asesino soltó una carcajada como si tuviese un cuchillo reservado
Para cada uno de los pájaros.
Joseph Merrick no responde o responde la parte que de
él es elefante, y que habla el lenguaje de los gorriones hechos de pergamino.
“Vengo de Ciudad Juárez”, sigue Jack, y recuerda la arena que cubre los cuerpos,
las niñas sin un seno cuyos ojos de cristal ya no reflejan el laberinto de los pájaros.
“He estado en Oaxaca, en el Estado de México, En Guanajato…
Tantas mujeres, tantos desiertos por desatar.”
Y ríe como si tuviera un cuchillo por cada mujer: “Puedo hacer de todo este país
Un desierto de ojos de vidrio”.
Da un trago a la Corona y mira la mano de elefante del hombre elefante, la cabeza de marfil hinchado del hombre elefante, el cuerpo de niña con el seno cortado del hombre elefante, el ojo de vidrio del hombre elefante, y con la espuma en el bigote le dice:
“Si hubieras nacido en la India
No serias un fenómeno; te adorarían como a un Dios;
serías Ganesha, el que todo lo sabe, el que baila la Creación.”
El hombre Elefante no sonríe, cierra su ojo sano y recuerda a la Bestia:
El tren que vio pasar desde su casa en Tultepec;
La larga línea de cuerpos abrazados en el techo de los vagones, la piel fundida al sol
de hombres y mujeres aferrados al metal:
un animal hecho de retacería humana.
Por un momento,
a través de su ventana del Infonavit, le pareció que esa trenza de cuerpos sobre el tren
era como él. En su cama comprada a plazos en Elektra
el Hombre Elefante sueña que es todos y cada uno de nosotros
fundidos en el abrazo de la desesperación.
Soñamos aferrados al cuerpo de otro huérfano que somos uno,
el que todo lo sabe, el que baila y crea,
aunque por la mañana hemos de atragantarnos con los huesos
de las palomas y gorriones que cazamos a pedradas.
“Yo invito”, dice Jack el destripador lamiendo sus cuchillos.
“No” le responde el Hombre elefante: “Yo pago mi cuenta”.


Óscar Luviano

lunes, 13 de enero de 2014

La cocina del alma


Poco antes de que se le apareciera el fantasma de Juan del Diablo, Sebas había posteado el anuncio de su suicidio en Facebook, pero sin el complemento de la foto del nudo de la horca alrededor de su cuello: cuando buscó el teléfono para tomarla, descubrió que mientras le obligaban a beberse sus orines en los baños, Elmer y sus amigos se lo habían sacado de la mochila.
Era el segundo del año y su mamá aún no acababa de pagar el primero a cómodos plazos en Elektra. Por eso y porque la amaba, hizo como que chateaba en la compu hasta que se quedó dormida en el sillón viendo una de Jorge Negrete.
—¿No estarás hablando con una muchacha, verdad?— le preguntó, feliz, entre bostezos.
Se hizo el chiveado y la dejó sonreír. No había razón para que supiera que, como cada noche, borraba los insultos que los de su grupo le ponían en Facebook. La escuchó roncar suave, y escribió su despedida de este mundo.
Ya tenía listo un mecate. Se acarició el vientre, sopesó, y fue a cortar otro del tendedero. Había encontrado las instrucciones en Internet: el nudo debía encajar en el hueco de la nuca y lo mejor para conservar la dignidad eran el ayuno o los pañales. Le pareció de mínima justicia elegir el ayuno y hacerlo en la escuela. En los baños. Y para allá fue entre las banquetas quebradas y grasientas de Coacalco, acompañado por los ladridos de perros distantes.
No pensaba ni en su vida ni en la muerte; tan sólo en aquello de lo que por fin se iba a librar: las risotadas, la multiplicación de los apodos, el dolor. Le habían roto un brazo y ese compás casi le había perforado el pulmón. Envuelto en el feliz estruendo del alivio no escuchó la pregunta de Jim Morrison.
El fantasma la repitió en voz alta.
—Are you hungry, man?
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miércoles, 8 de enero de 2014

El laberinto de los pájaros (tercera versión)





El problema es que los malos poemas nos han robado el amor.
Nos han condenado al “eres todo para mí”, o “tus dientes de coral” o
“me gustas cuando callas”; como si el trueno fuera las ruinas de un bolero.
No quiero usar las palabras que otros hombres pudieron decirte
como no quiero mirarte del modo en que te consumen
losque te acosan por la calle. Dejaré que sean los pájaros
quienes te digan que te amo.
¿Pero qué palabra es el nido? ¿Qué palabra es el vuelo?
¿Qué palabra es la caída de la que me libras
cuando apenas y me roza tu mano?
Antes del polvo y de la herrumbre, de la rosa y del tirano
los pájaros volaban en el cielo sin mundo.
Que esos pájaros hablen por mí: los que aletean cuando mi cabeza en tu pecho,
los que quiebran su cascarón cuando escribes,
los que se parecen a ti cuando sonríes desnuda.
Creas la Creación si sonríes desnuda.
Y tengo que cerrar los ojos:
en ti late el sol de las cosas innombradas.
Acariciarte sacude como el polluelo que crea al cielo
con un graznido que se prolonga del crujido de la primer estrella
al lamento de la última campana:
Así me tiritas entre las manos.
Dejo que los hombres que no te sabrán
te deseen con sus palabras de burdel y oficina.
Yo te digo con esta boca que sólo existe si tu saliva y tu vientre: Te amo.
Y esa es mi plegaria, la que repito
ciego y mudo como el hombre que contempló
el primer resplandor del mundo
mientras arriba los pájaros construyen un laberinto invisible.

(Feliz cumpleaños, pequeñita.)



martes, 7 de enero de 2014

El laberinto de los pájaros (primera versión)


Antes del mundo, dicen los griegos (que mi
tía nunca leyó), antes que los dioses mismos,
estaban los pájaros.
Creaban al mundo con su vuelo,
perfilaban la vida con sus plumas como nieve.
Más suaves que Cronos
(quien se tragó una piedra pensando que se trataba de su hijo, Zeus, y
con ello dio existencia a continentes y titanes).
¿Era la misma piedra que le encontraron en el riñón a mi tía?
Una piedra falsa, una piedra con la música de los siglos por escamas.
Una piedra pescada por un cirujano.
Cuando salió de la clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social
En lugar de su cálculo en un frasco de Gerber
en la recepción le entregaron un bebé. Dijo que no era suyo, y el recepcionista le gritó:
“Nosotros ya cumplimos con sacártelo: ahora tú lo mantienes”,
con esa voz de quien puede amontonar nube sobre nube.
Salió a la calle con el niño en brazos y le cayó el peso del cielo encima.
¿Quién te dice que no sentía el terror de Gea
obligada a entregar sus hijos a las fauces del tiempo?
¿Quién te dice que el bebé no pesaba como la primera piedra,
nacida del primer pájaro insomne?
¿Quién te dice que de la boca del bebé no brotaba una risa nueva
que asfixiaba a mi tía como un bocado de ceniza?
Los pájaros que se negaron a soñar con el mundo
se convirtieron en piedra,
y sus cuerpos amontonados son esta isla en la que tironeas de la sábana
incapaz de ocultar la madrugada.
Mi tía vaga con su bebé robado, regresa sobre sus pasos, se aleja, regresa…
mientras los pájaros en su laberinto vuelan mudos y no responden:
¿Deberíamos robarnos al bebé?
¿Deberíamos devolverlo?
Allá nos espera el marido que nunca lava un plato, que duerme apestando a jabón de hotel,
los hijos que son una puerta cerrada,
los pasillos pegosteosos del cine que restregaremos de 9 a 9.
Aquí nos espera la fuga, el bebé con el que mataremos de hambre al tiempo.
Los pájaros no nos responden con sus lenguas de piedra
Es el chorro vaporoso de los aviones el que nos dice que hacer.
Y por el resto de la vida el bebé nos pesa en los brazos
como una tumba abierta
después de que lo hemos devuelto a la policía.


Óscar Luviano




martes, 24 de diciembre de 2013

Leñadores

Ilustración: Esteban Sterle



El mundo no comienza con una bocanada de nieve, sino con nubes de vapor, en un gimnasio oloroso a barbacoa.
El niño (que tiene 6, o tal vez 8 años – no lo recuerdo bien) ve salir a su padre de las regaderas, entre el vapor. Le conmueve su tamaño, el grueso de su carne, la ardua mecánica de sus músculos. Cada uno de sus pasos parece inyectar en el suelo de baldosas, a través de los pies descalzos, sangre, fuego, quizá un terremoto que a esta hora sacude y derriba rascacielos en sitios lejanos, como China, donde nunca es Navidad.
Quizá por ello, para que la fuerza letal no se escurra y le permita tres victorias seguidas en el ring de la Arena Aurora, las que no tuvo en la mesa del desayuno, cuando llega ante el niño, con la toalla enredada en la cintura, el boxeador en desgracia le entrega un rollo de vendas. Vas a tener que apretarlas fuertes, pebachito.
El niño da un giro y otro y otro a las vendas alrededor de las muñecas y entre los dedos y alrededor del puño de su padre. Tres caídas sin límite de tiempo. Cincuenta pesos por victoria. Ciento cincuenta: lo necesario para un árbol, un pavo y juguetes. Muchos juguetes, dice el boxeador en desgracia. Va y abre el último locker de la fila y saca una bolsa de plástico negra. Dentro de ella hay decenas de máscaras. Algunas parecen dragones chinos. Otras brillan con incrustaciones de oro hechos de plástico. Otras carecen de rasgos, de aberturas para ojos y boca. Ofrece la bolsa al niño. Escoge, pebachito. De ti depende.
El niño sigue su juego, si bien oculta la sacudida: todo lo que dijo su abuela en el desayuno era verdad (Tu papá no tiene dinero para la cena, ni un centavo, ni para una botella de sidra siquiera). No finge su alegría ante la primera máscara tomada al azar: es plateada. Y no cabe de gozo ante la segunda: es azul. La tercera, como un tercer augurio venturoso, remeda en su estampado a una serpiente con plumas en lugar de escamas. No tarda en darles nombres (aunque le duele renunciar a Santo y Blue Demon): Doctor Blanco, Furia Celeste y Quetzal.
Su padre, ya con las mallas puestas, pide  los botines. El niño se agacha y ajusta y amarra las agujetas. Lo hace con dedicación y firmeza, para que ni una sola gota del flogisto en las venas de su padre se escurra al inframundo chino.
Han llegado temprano, huyendo de la mesa familiar, de su abuela y del silencio de su madre. Levantó la mano como si estuviera en la escuela cuando su padre le pregunto si quería acompañarlo a la Arena, que tenía una chambita.
Aún falta un buen rato para el inicio del Programa Dominical. Van a sentarse en las gradas de madera, junto a salida principal de la arena de toros en donde han instalado el ring. Las corridas son los sábados. La salida lleva al restaurante.
El olor a barbacoa hace sufrir al niño, pero se calla, pues recuerda a su abuela en el desayuno. Hacía girar y girar la cuchara en el café, aunque ya había bebido la mitad, y repetía con amargura que nunca en su vida, que la tradición, que ni un mísero árbol, que no era posible, que el abuelo era un hombre de verdad que nunca (nunca) la hizo pasar por tamaña vergüenza. Las monedas de su padre apenas alcanzaron para el metro a San Lázaro y el camión a la Aurora.
Para hacer más honda y triste el hambre del niño, el inalcanzable restaurante destella en luces rojas, blancas, amarillas; sobre la decoración taurina de las paredes, hay hileras de heno, escarcha sobre el hombro de los maniquíes vestidos de toreros; una estrella de celofán en lo más alto del árbol, instalado al centro del círculo de las mesas; sobre la cabeza del toro disecado que cuelga de la pared hay un gorro de Santa Claus.
A la espera del momento de volver al vestidor para ponerse la primer máscara, el boxeador en desgracia, sentado en las gradas, hace rechinar los dedos. Al niño se le estrujan las tripas mientras ruidosos comensales ocupan las mesas y piden pancita y consomé, y las tortillas destellan con el olor del maíz tierno.
Le parece que las tripas le rechinan como los dedos a su padre.
El sol recalienta el techo de dos aguas de la Arena Aurora cuando los comensales pasan del restaurante a la arena, removiendo el aserrín que recubre la sangre de los toros. Con una orden de tacos y consomé se recibe la cortesía de un boleto para las luchas. Dejan sobre las mesas platos a medio comer y carne pegada a los huesos de las costillas. Incluso en el pánico de jugarse la Navidad a tres peleas, el niño considera saltar de mesa en mesa, evitar el desperdicio, vengar la ofensa del gorro de Santa Clos sobre el toro de negros ojos de vidrio, y  relamer cada plato hasta su brillo más puro.
No se da cuenta de que su padre ya no está a su lado.
Antes de que pueda dar un paso hacia la mesa más cercana, Don Néstor, en mandil con una constelación de goterones de grasa, sube al ring y anuncia el programa triple: Tres peleas sin límite de tiempo. Auspiciadas por la Asociación de Lucha Libre Mexicana. ¡Pelearán Rudos contra técnicos! El cartel de la tarde: Doctor Blanco contra La Sombra Azteca. Cincuenta pesos, se dice el niño. Profesor Átomo contra Furia Celeste. Cincuenta pesos, se dice el niño. El Atlante Zombi contra Quetzal. Cincuenta pesos, se dice el niño. Un árbol, La Pierna, Muchos juguetes, se dice el niño, y toma su lugar al pie de la esquina de su padre.
La mano pesada, envuelta en vendas, acaricia la cabeza del niño. No levanta la mirada para ver a  Doctor Blanco subir de un solo salto a través del encordado. Le basta ese peso para saber que su padre va a ganar. Esa dicha precoz lo llena de indignación cuando comprueba que el público en las gradas no para de charlar, de abrir ruidosas cervezas, de pedir a gritos más barbacoa. Hay una mujer que, incluso, mece a un bebé de pie junto al ring. La indignación le consume, y gracias a ella apenas y escucha la caída de su padre sobre la lona, el golpe de su carne contra la de Sombra Azteca, que cae y lo hunde más allá de la cuenta de protección.
En el vestidor, el boxeador en desgracia escupe sorbos de agua y sangre. Sombra Azteca, sin máscara y calvo, recibe de Don Néstor los primeros cincuenta pesos. El niño se rasguña la palma de la mano. De ella borra el árbol. No importa, se dice, en silencio, Ya es Navidad, ni iba a lucir. Sombra Azteca se pone ahora una máscara atravesada por órbitas de electrones.
Cuando vuelven al ring, ya se ha ido la mitad de los espectadores, pero el ruido es más intenso. De la calle llega el resplandor del sol contra los parabrisas de camiones y autos, y golpea de lleno contra el rostro de Furia Celeste, que refulge azul mientras se aprieta contra las cuerdas. Los luchadores ruedan entre manazos, en un manojo de botines. El niño, rencoroso, piensa que por muy caro que sea el árbol de Don Néstor, no huele, y si hay algo que respeta de los árboles de Navidad es que huelen más que el Pinol . Y ese árbol no huele. Como si escuchara sus pensamientos, abatido y avergonzado al punto de haberse quitado el delantal, Don Néstor se acerca sigilosamente al niño, y le aprieta, con una mano olorosa a cilantro, el hombro.
Es la señal para que descubra a su padre tendido, abrazado a sí mismo. Don Néstor se encoge de hombros. Mejor espérate aquí.
El niño aprieta la frente contra el larguero. Los ojos cerrados. En su mente ve gritar a la abuela, pero de su boca no brota su voz, sino las risas y las burlas y los eructos de los cinco o seis borrachos que se han quedado a presenciar la última pelea. Hay un breve silencio, mínimo consuelo que hace más terrible el ruido de los lockers al ser golpeados. Distingue a través de la puerta del vestidor cuerpos que resbalan trenzados y azotan. Y el grito de su padre: ¡HABÍAMOS QUEDADO QUE LA SEGUNDA ERA MÍA, CABRÓN!
Don Néstor le palmea, resta importancia a la bronca. No te asustes: ahora arreglan sus problemas. Ya no se respetan los códigos. No lo digo por tu padre. Él viene del mundo del boxeo. Allá es otro mundo. Aquí… Más le vale a tu papá que... Esto no es para gente como nosotros.
El niño no le entiende, pero siente que si no deja de escuchar, si abre los ojos como platos, el dueño de la Arena le concederá la última victoria a su padre. O por lo menos le entregará los últimos cincuenta pesos. Por ello se deja llevar dócilmente a las gradas, donde Don Néstor le sienta a su lado. Con una mirada por encima del hombro, el empresario comprueba que las meseras se esmeran en lavar el piso del restaurante, y cuenta su historia.
Había una vez un hombre, como tu padre, un leñador, un buen leñador, un buen hombre… Había prometido a su familia el más hermoso árbol de Navidad, pero ya sabes como es la vida, la economía, hasta en los bosques. Y no había manera, te lo digo y te lo juro, no la había. Y el sitio del árbol en la cabaña de aquella familia seguía vacío. Ninguno de sus hijos, ni su mujer, le hicieron reproche alguno. Pero ahí estaba, como te digo, el hueco junto a la chimenea. Y nevó, y llegó la Navidad, y nada, el leñador nada con el pinche árbol. Entonces…
Don Néstor hace una pausa ante el estampido que llegó desde el ring. Parece que el techo se le venía encima. Como el niño insiste en atender la golpiza con grititos a cada trancazo, se interpone entre él y los hechos.
Entonces tomó al mayor de sus hijos. ¿Eres el mayor, no? Y fueron al bosque. Ahí, el aroma de los pinos era tan pero tan fuerte que casi los volvió ciegos. Pero le siguieron. Y hallaron el árbol más hermoso del mundo. Era tan lindo que parecía un pastel. Levantaron las hachas, pero cuando estaban a punto de cortarlo…
Si vivían en un bosque, en pleno bosque, ¿por qué no salieron antes a buscar el árbol más bello del mundo?
Don Néstor se frena tan de golpe que queda hecho una fotografía, boquiabierto, indignado. ¿Muy vivo, no? Si eres tan salsa, ¿por qué no  la acabas de contar tú? Mejor vete a ayudar a tu papá. Insolente. Don Néstor se levanta furioso, grita a las meseras, escupe órdenes en pleno coraje y le sambute en la mano abierta las últimos cincuenta peses al Atlante Zombi, que con la máscara desgarrada agradece una ovación que nadie escucha.
El niño hace caso a Don Néstor, a pesar de que ya no hay dinero en juego, y va al ring, a ayudar a su padre.
Está sentado, la espalda apoyada contra uno de los largueros. Tiene la cabeza baja, y es como si la serpiente emplumada de su máscara estuviera dormida. Uno de los borrachos se pone de pie en las gradas y lanza una botella de Corona al ring. El niño grita, pues la trayectoria del proyectil es certera, implacable. Para pagar sus culpas, por no haber visto ninguna de las caídas de su padre, se obliga a mirar. Un segundo antes de que ocurra, ve las astillas iridiscentes entre el cabello hirsuto, los goterones de sangre sobre las plumas de la máscara…
Sin ver ni apurarse, su padre levanta la mano, como quien pide permiso para ir al baño, y atrapa la botella. Revisa si le queda algo, y sí. Bebe, mientras el niño no se atreve a tocarlo.
Salen. Oscurece. De algún modo el boxeador en desgracia logró ocultar bajo su chamarra a cuadros las dos caguamas que tomó al vuelo del restaurante, y las bebe de camino al metro Pantitlán. El niño le aprieta la mano vendada. Las fachadas refulgen en focos a veces amarillos, a veces rojos, en coronas iluminadas. De los negocios que aún están abiertos brotan villancicos. Se detienen a observar los pollos que giran en una rosticeria, las roscas de reyes, la enorme pierna envuelta en papel aluminio que un hombre orgulloso levanta en una charola.
Las cervezas se acaban antes de llegar al metro. El boxeador en desgracia deja las botellas al pie de un poste y saca de la cartera el boleto que conserva. Tú te pasas por abajo del torniquete, pebachito. El niño detecta en su voz el temblor de la ebriedad. Los policías de la entrada no necesitan escucharlo. Uno de ellos se interpone entre su paso y los torniquetes. No puede entrar en ese estado a las instalaciones del servicio, caballero. El boxeador ordena al niño que entre. Ahora te alcanzo. Al primer policía se suma otro, y un tercero que saca de su cinto la cachiporra y la golpea contra su palma abierta. Papá, pide el niño. Yo vengo bien, voy bien, dice el Boxeador, ahora rodeado por cuatro policías. Los curiosos se detienen. El boxeador en desgracia, sin ver a ninguno de los hombres que lo empujan blandamente, se truena los dedos de una mano, después de la otra. Se prepara, toma la postura defensiva. Le echaron de su trabajo por golpear a otros policías. Uno de aquellos lo llamó Briago mientras orinaba en la calle. Abre los pies, asienta su peso, prepara la guardia. La cuarta pelea del día está a la orden, y es la revancha.
Es cuando repara que el niño ya ha atravesado los torniquetes y le espera abrazado a sí mismo, como si la llegada del metro al andén hubiese desatado la peor de las tempestades. Entonces baja los brazos. Palmea en el hombro al policía de la cachiporra. Tienes suerte de que mi chavo venga conmigo, si no…
Vamos a tener que caminarle un ratito, pebachito. Y lo hacen por calles oscuras y rotas. El niño se ha cansado de contarlas en silencio. Le duele la cabeza del hambre. Le duelen los pies, pero sabe que eso no es algo que se le pueda decir a su padre. Sintiéndose un trozo de tela, se aferra de la mano vendada. Hace frío. Entonces, al levantar la mirada descubre que del cuello del boxeador en desgracia cuelga la máscara de Quetzal, flamea opaca.
Llegan a una esquina en donde donde se exhiben luces, coronas, arbolitos y ángeles sobre la banqueta. Cuando cruzan entre la hilera de pinos, en un primer momento el niño agotado imagina a su padre, esa mole vendada, cruzando entre pinos reales y gigantes como un Godzilla furioso. De un manazo reduce el bosque a cenizas y olor a pinol.
Recuerda la historia de Don Néstor mientras el aroma de los pinos le envuelve. Su padre se detiene. Seguro que tu mamá ya hizo algo de cenar, y si nos apuramos, nos toca más. Si nos tardamos, nada más café y una concha. ¿Unas carreritas?
Antes de arrancar, el niño se pregunta quién de los dos, si el hijo mayor o el leñador, escogió el árbol más hermoso del mundo; y quién uso el hacha. El aroma a pino llena el mundo.
Si estás muy cansado hacemos un alto. No, dice el niño. El boxeador sonríe, y trotan, alejándose de los pinos, de las luces, de un viento frío que ya no existe.
 Óscar Alejandro Luviano

Con una ilustración de Esteban Sterle
Diciembre, 2011.

martes, 5 de noviembre de 2013

Poema de amor para la muchacha de un vídeo visto en Internet


Nos preguntamos qué es el amor, y no sabemos que el amor
es tan anónimo y pixelado como tú; que el amor es tocar
a la puerta de Dios mientras en la boca acuna el sabor del polvo.
También quiero saber tu nombre, el tuyo, tú que has aparecido
desnuda y arrodillada en un video de la red:
tus senos, dos crías mellizas de gacela,
en tu cabello hay una hoja enredada, la corona que se dispensa a las ninfas.
Confiesas 17 años ante el interrogatorio del sicario.
Esa edad sin nombre que es apenas torrente de manzanas,
Cuando no somos y hemos de ser.
¿Cómo te llamas? Y no respondes
congelada en la screen capture.

Es google quien da la respuesta:
VIDEO
DE UNA ZETA
             DECAPITADA

Quien te bautiza aparece a tu lado,
con un pasamontañas y un hacha.
Este es tu epitafio, y este será tu solo nombre.
En la screen capture nos devuelves la mirada
a quienes te vemos desnuda y arrodillada;
tus ojos muchachos  aterrados en un mundo que ya no es:
ya te sabes fuera de aquí, derruida en el silencio del silencio.
Tienes una hoja enredada en el pelo,
como las chicas de la publicidad en esta página
llevan moños u orejas de conejo y nos ofrecen alguien para follar en tu ciudad
¡GRATIS!
¡ESTA MISMA NOCHE!,
que ya no es la tuya,
aunque tu edad apenas sea un pájaro sin describir,
aunque todavía nadie te ha tatuado en los ojos.

Me pregunto tu nombre
y la respuesta es el cursor. Un clic:
¡HERMANOS,
VATOS,
TRONCOS,
BOLUDOS,
COMPAS,
PARCEROS,
HUEVONES!:
un clic y el vídeo correrá, y podremos
ver el torrente de tu sangre,
ver el silbido con el que tu garganta reclama un último sorbo de aire.
Nosotros, que no sabemos tu nombre, sabemos que te afeitabas el pubis,
¡PINCHE ZETA!
Clic y veremos. Clic clic clic suenan los toquidos a la sorda y metálica puerta de Dios,
Clic clic clic el puño de huesos de pájaro con los que te invocamos, Señor.
Clic clic clic… ¿Estás ahí?
No. Y quiero que este clic haga caer la hoja de tu pelo, y después otras y otras;
y que tu pelo sea una medusa de ramas,
y otro clic y tu cuerpo un torrente de madera, ascenso de ardillas,
y otro clic, y cada tajo del hacha sea inútil,
y no haga caer de ti sino manzanas y nidos, y la carcajada
como tintineo de agua que  nunca te conoceré.
Clic, y que crezcas, y que tu follaje atraviese esta pantalla, y reviente
cada iPad y Smartphone, cada puerta y ventana cerrada:
que te nos quedes pegada en los dedos
por siempre hecha un regusto a savia
y que ese sea el nombre del amor,
y no esta pestilencia a carne que cunde apenas Dios abre la puerta, y pregunta.
¿Estás ahí? ¿Estás viendo, también?
Clic clic clic.


Óscar Luviano

domingo, 27 de octubre de 2013

Lou

Lou ha muerto.



Lo hace en el día en que uno de mis nuevos sobrinos cumple años, y he pensado en las canciones y su don curativo mientras comía molletes y merengue: la comida casera con la que celebramos el amor. La música de Reed fue la comida casera de mi adolescencia gorda y solitaria: fue lo que no pocas veces ocupó el lugar del amor y fue lo que me enseñó a no resignarme.

No se me ocurrió nada inteligente que decir. Lou ha muerto. 

Lo conocí antes que como música, como poeta: en “El rock el silencio”, donde Juan Villoro reservó espacio para traducir “Caroline Says II”. El libro me llegó por un amigo cuyo nombre verdadero he olvidado, pero que siempre será El Güero Coli, y cuya intención era curarme de una enfermedad que yo me desconocía, y que era una forma de la furia o de la tristeza letal, y que creo me habría consumido de no mediar aquella recomendación:

—La de Reed, pega.

Y pegó, desde luego.

Por muchos años anduve con aquellos versos sobre una muchacha que necesitaba atravesar las ventanas a puñetazos para sentir, entre el frío, que hacía frío en Alaska. Y los citaba, y los repetía, y los usaba, como aquella vez que olvidé mi colección de cómics en la lavandería, y regresé para encontrarlos reducidos a confeti por todos los niños que no me hablaban, y que me observaban desde el otro lado de la calle como si lo hicieran desde pedestales. Los trozos de “El Sorprendente Hombre Araña” giraban y entrechocaban en la calle de Ciprés como la nieve ártica. Hacía tanto frío en Alaska, y debemos sentirlo, Lou, y lo sabías.
Mi reacción, entonces, fue seguir sin hablarle a esos niños, llorar a mi cómics, conservar sus trozos en bolsas por la promesa siempre incumplida de pegarlas con yúrex, y avocar mi vida a reunir moneda sobre moneda para encontrar por todos los medios necesarios “Berlín”.

No recuerdo cómo y dónde, ni cuánto tiempo, pero sí la bolsa de papel estraza en que me entregaron el disco, y la portada de álbum fotográfico, con esas personas como travestis derrotados, pero que desde sus miradas en blanco y negro parecían saber el secreto (y eran todos como jirones de un cómic reventado por niños de planeta cruel). Recuerdo mi desconcierto ante la reverberación y la lentitud, la humedad que me fue borrando el mundo ante tu voz que hablaba en un lenguaje desconocido pero en esa lengua de ti y de mí; la furia y la tristeza que irradiaban de un tocadiscos como de un espejo oscuro, las cinco o quince veces que lo escuche sin parar, y la única frase que logre comprender:

“Debo dejar de perder mi tiempo/alguien más le romperá los dos brazos…”


Y era verdad, Lou: alguien más lo hará. Nosotros no, pues nos hiciste creer que éramos otra persona: alguien bueno. Y te lo debemos. Y te lo deberemos.